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“Concebir, gestar y alumbrar a Cristo”Queridos compañeros sacerdotes, miembros de la Hermandad, autoridades, fieles todos: es para mí un motivo de alegría poder compartir con vosotros esta fiesta de la Ascensión del Señor, que es una invitación a la responsabilidad cristiana, desde la perspectiva de la Virgen María, Nuestra Señora la Virgen de las Cruces, nuestra Madre, Madre de la Iglesia; maternidad sobre la que quiero reflexionar esta mañana. La maternidad, tanto para María como para cualquier mujer, es un don de Dios con la responsabilidad de recibir el amor como herencia, para transmitirlo a los hijos. La mujer debe concebir al hijo en un encuentro amoroso con el esposo; el hijo es fruto del amor. La concepción de María fue virginal, sin la premura de los cuerpos. Una mujer debe estar preparada física y emocionalmente para concebir una nueva vida. Después viene la gestación, ese tiempo imprescindible para ir formando el nuevo ser, “a su amor”, sin quemar etapas, respetando ritmos. Los meses de la gestación son delicados de cara al futuro de la nueva vida. En María, llena de gracia, debió ser especial la gestación. Y culmina todo este proceso con el alumbramiento: el nuevo ser ve la luz que nos envuelve, mientras las madre lo entrega generosamente a la humanidad. Todo un proceso preciso y precioso. Un don. Una gracia. No termina ahí la maternidad, pero son momentos fundamentales para el nuevo hijo. La Virgen María vivió este proceso de la maternidad. Jesucristo vivió este tiempo de la concepción, de la gestación y del alumbramiento. ¡Qué fácil construir la vida en torno a una madre!: las relaciones entre los hermanos, la práctica de los valores, el horizonte de la vida, la seguridad y estabilidad personal, la caridad con el prójimo… incluso ser cristiano es más fácil con la presencia de la madre. Pero, cuando la madre falta, se corre el grave peligro de que todo se desmorone; no tendría por qué ser así, pero así es muchas veces. Por eso, hoy os invito a todos a que no perdáis nunca vuestra relación con María, nuestra Madre. No podemos ni entrever el caudal de gracia y de bien que ha hecho la maternidad de la Virgen de las Cruces en Daimiel. Normalmente, las personas sólo tenemos ojos para ver lo material de las cosas: ha pasado esta desgracia, una enfermedad, se ha muerto alguien de la familia, fulanito se ha casado… en medio de esa vida, se teje una trama de problemas, de actitudes, de libertades, de opciones, en las que una Madre como la Virgen María va modelando a sus hijos con paciencia y ternura, con amor y delicadeza, pero con los valores y los principios muy claros, para conducirnos a la felicidad. Pero, ¡atención!: no vayamos a perder a la Madre, a desaprovechar su ternura para con nosotros, a dejar modelarnos con sus buenos principios y valores. Las preocupaciones de la vida, el afán de las riquezas, los placeres, los egoísmos… nos pueden hacer olvidarnos de la Madre. Aprovechemos su presencia entre nosotros y crezcamos en comunión y en fraternidad. Ella nunca nos da por perdidos. La fiesta de la Ascensión del Señor es un día especial para comprobar que nuestro hermano mayor nos deja “solos” (aunque dice estará con nosotros hasta el fin del mundo) para que seamos responsables en su misión; pero la Madre no nos deja solos. Ya le dijo Jesús en la Cruz a Juan: “Ahí tienes a tu Madre”, haciéndola Madre de la Iglesia. Nuestra misión como comunidad cristiana, custodiada por la Maternidad de la Virgen de las Cruces, es concebir a Cristo en nuestro interior; es decir, dejarnos fecundar por Dios, por su gracia, por su vida, y hacer nuestros sus pensamientos y actitudes, sus obras y opciones… Nuestra misión como comunidad cristiana, custodiada por la Maternidad de la Virgen de las Cruces, es gestar ¡de nuevo! a Cristo en nuestro seno; es decir, dejarle manifestarse en nuestras casas, en nuestras relaciones, en nuestros trabajos, en nuestros centros de interés… Nuestra misión como comunidad cristiana, custodiada por la maternidad de la Virgen de las Cruces, es dar a luz a Cristo en nuestra sociedad y en nuestra cultura, distinta de otras épocas y con circunstancias diferentes. Hay que estar preparados para que la Iglesia, como comunidad concreta de Daimiel, recupere el papel maternal en medio de sus feligreses: con la acogida desinteresada, la ternura precisa, la preocupación por cada uno en concreto, la confianza en todos y cada uno… para que siga siendo posible la presencia de Jesucristo entre nosotros. ¡Que no digan de nuestra Iglesia que ha perdido su papel de Madre! Que la Virgen María, Nuestra Señora de las Cruces, ayude, de un modo especial, a todas las madres y a su Iglesia, a recuperar una maternidad responsable y entregada por el bien de los hijos y de la sociedad. Don Pedro Crespo Arias Homilía la Función Religiosa del día de la Ascensión del Señor 2008 |
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